Venía de una vida de un no parar, sin tiempo para el silencio y para la contemplación. Y cuando los tenía, no terminaba de disfrutarlos, porque me sentía culpable en algún rincón dentro de mi por no estar haciendo algo productivo. Estaba también adicta al contacto social y el frenesí de las relaciones.
En estos últimos dos años de mi vida cultivé y atesoré los momentos de soledad, de estar conmigo misma. Muchos de estos momentos lo pasé al lado del mar, bañando mis pies en las olas y escuchando su melodía al romperse en la arena.Este verano he vuelto a trabajar y a tener tareas con muchos horarios que cumplir. Casi se me olvidó estos ratos de no-hacer contemplando la naturaleza.
El otro día mi hija me invitó a ver la puesta del sol en la playa con ella. Hacia mucho que no pasábamos un rato haciendo algo juntas, y más todavía que viniera de ella la invitación. Nos acompañó nuestra perra también.
Llegando a la orilla del mar cada una de nosotras empezó nuestro propio pasear, juntas pero separadas. Vivíamos el estar allí cada una a nuestra manera. Fue muy bonito poder compartir y estar, a la vez que tener nuestra individualidad para estar también con nosotras mismas. Es todo un aprendizaje pasar de se madre que atiende y cuida a madre que "simplemente" acompaña.
Todo el tiempo el cielo y su magnificencia me llenaban de color el corazón. La paleta de colores divina, en la cual el dorado se mezclaba con su luz inundaba mi retina y me llenaba el pecho de emoción.Katara de tanto en tanto me reclamaba atención, abanando su cola y mirándome activamente. Su cariño y los juegos compartidos también me llenaban de alegría.
Miraba alrededor agradecida. En un momento fui consciente que aquel agua tan bellamente pintada con los reflejos del cielo llega a todos los confines del mundo. Baña mi tierra natal y a mi gente. Baña otra gente en tierras desconocidas. Nos une a todos, nos nutre a todos.
Fui consciente que estaba en contacto con lo mas íntimo y lo mas amplio. Todos los mundos estaban presentes y todos los elementos.
En este instante me sentí conectada. Conectada con lo divino, con lo bello, con la madre-tierra, con la humanidad, con la historia y con los rincones de este planeta. Somos parte. Mi pecho se expande.
Me sentí el todo. Me sentí su parte. Emanaba belleza por doquier.
Son estos momentos de conexión que me inspiran y me dan fuerzas para seguir mi camino, cultivando este sentimiento de unión, esta mirada amplia, este sentir amoroso y ese estar presente.
Yo intuía que en esta vida tenía que vivir cerca del mar n'algún momento. Gracias, Gracias, Gracias.
